martes, 5 de octubre de 2010

Crueldad hacia los animales... violencia de la sociedad-Gustavo Larios Velasco-EL Universal (31/01/2009)




La palabra animal proviene del latín anima, que significa alma, soplo o aliento vital. Un ser animado es un ser dotado de vida. Los humanos somos una especie animal emparentada con los chimpancés; sin embargo, las teologías y filosofías occidentales han creado un ego especisista (discriminación por especie) que obstaculiza la aceptación de nuestra animalidad. Hay un cierto estatus semidivino para lo humano.
Se ha llegado a decir que los animales no tienen alma o que los humanos no somos animales. La ignorancia del significado de la palabra animal está relacionada con el antropocentrismo (sólo las necesidades humanas importan) o el especismo, alimentados desde las religiones judeo-cristianas hasta una ciencia carente de ética. Un científico que tortura a animales en un laboratorio (muchas veces para obtener resultados ya conocidos) viola la regla de oro de la ética, pues a él no le gustaría que le hicieran lo que él le hace a los animales no humanos con los que experimenta. Carece de consideración a la vida y a la capacidad de sufrir de otros seres; no tiene conflicto moral con ello, al igual que un cazador o un torero.
Cualquiera puede observar las manifestaciones de dolor y desesperación en animales como venados, becerros o ratones, y para un profesionista es absolutamente claro que por lo menos quienes tienen un sistema nervioso central sufren igual o más que un humano. Entonces, ¿por qué algunos humanos, siendo más o menos ignorantes y más o menos inteligentes, les causan dolor y muerte?





Charles Darwin hablaba del círculo de la moral, explicando por qué algunos humanos normalmente pacíficos y hasta compasivos en su esfera social solían ser crueles o indiferentes ante el sufrimiento de seres ajenos a tal esfera.
En la medida en que se es más primitivo, el círculo moral está más limitado; la consideración hacia las necesidades de los otros se vincula con cercanía y semejanza: en las tribus existía la necesidad de protegerse como grupo y el motivo para cuidar de los miembros del mismo radicaba en obtener seguridad, más que afectos o compasión. En momentos más evolucionados se fue desarrollando la consideración hacia seres no tan parecidos. Es fácil ser tolerante hacia los más semejantes y discriminador ante los diferentes: por color de piel, lenguaje, biotipo o hasta por género, edad o forma de pensar.

Cuando se tiene un amplio círculo moral no se discrimina; incluso la especie no es obstáculo para valorar la vida, la libertad y la capacidad de sufrir de los demás. Mientras que en Alemania los derechos de los animales han llegado a ocupar sus postulados constitucionales o en Suiza se sancionan sufrimientos que en el mundo subdesarrollado parecerían una exageración, en México se sigue considerando divertido torturar y matar animales, utilizando especulativa e inconsistentemente expresiones como “tradición”, “cultura” y “arte” para justificar el abuso y la muerte.
Desde luego, hay una gran diferencia entre la calidad de vida de las sociedades que aprenden de sus errores y modifican prácticas nocivas y la de pueblos que se cierran, que mantienen atavismos y siguen torturando a inocentes con distintos pretextos.


El activismo en pro de los derechos de los animales no humanos analiza subsistemas diversos para comprender el problema del abuso y el asesinato: ambición, legislación, corrupción, ignorancia, impunidad y resentimiento social. Todo ello dificulta el avance hacia escenarios más éticos, armónicos y sustentables. Incluso dentro de los movimientos en favor del ambiente suelen existir visiones antropocéntricas, ocupándose sólo de la preservación y no de la crueldad: importan más las especies que los individuos. Si las especies se extinguen, se pone en riesgo al planeta y, por ende, a la humanidad.
Ese desprecio por la vida de los individuos no humanos que llega a observarse aún en los ambientalistas (que promueven a la cacería o a la pesca deportiva) ha contribuido a la frialdad y a la insensibilidad, que se revierten contra los propios humanos.

Santo Tomás de Aquino e Immanuel Kant ya relacionaban el abuso hacia los animales con la criminalidad. Para ellos, los animales no humanos no merecían consideración ética, pero aun así sugerían no ser crueles con ellos para evitar que germinara la violencia hacia los propios humanos.

En la época contemporánea, estudios criminológicos le han dado la razón a Santo Tomás y a Kant, no en cuanto a ignorar el sufrimiento de los no humanos, sino en cuanto a la relación que existe entre el maltrato a los animales y la deformación de la personalidad, incrementando la peligrosidad de quienes la presencian o la ejercen. La crueldad hacia los animales es un factor criminógeno sumamente importante: casi todos los asesinos seriales han sido crueles con los animales durante su infancia.

Existe una vasta bibliografía al respecto, misma que ha llevado a los países más evolucionados a legislar e implementar políticas públicas de seguridad estimando dicho factor. Es parte de la violencia intrafamiliar el abuso a los no humanos: hay padres crueles que sabiendo que sus hijos o su cónyuge quieren mucho a un animal de compañía, lastiman a éste para castigarlos, causando traumas emocionales más difíciles de erradicar que los físicos.

El otro mecanismo nocivo en la dinámica familiar es festejar en los menores los actos de crueldad hacia los animales, dejándolos que maltraten a cachorros o llevándolos a espectáculos crueles. Los menores aprenden que es divertido torturar, especialmente cuando la víctima no tiene posibilidad de defensa o esa posibilidad es muy remota.

Los circos con animales y los zoológicos son ejemplos de abuso, pues si bien es explicable que una persona esté privada de su libertad como castigo social o para evitar que haga daño a la comunidad, el cautiverio de un animal no humano sólo se entiende como un acto de tiranía. Su penosa condición en cautiverio, las más de la veces infame, y acompañada de golpes y explotación, obedece al capricho y la ambición humanas; el animal no hizo nada para merecer ese encarcelamiento y otros abusos, pero a los niños se les hace ver como natural.

En una comunidad de Morelos, varias mujeres acudieron en representación de su género ante el ayuntamiento para pedir que no se permitieran los rodeos, pues cada vez que ocurrían esos eventos, los maridos regresaban muy violentos a golpearlas a ellas y a sus hijos. Lo interesante del caso es que no se quejaban de las cantinas, sino del rodeo. Es decir, de la combinación de alcohol y abuso a los animales.
En España, la televisión pública ya no transmite corridas de toros y se ha limitado mucho la presencia o participación de los niños en ello.

El creciente movimiento antitaurino a nivel internacional ha demostrado que la gran mayoría de la sociedad rechaza a las corridas y, más aún, cuando se utiliza a los menores de edad como protagonistas del sangriento espectáculo. A veces los trucos fallan y los menores resultan lesionados, pero curiosamente los aficionados no reflexionan sobre la imprudencia de los padres; el fanatismo impide ver con objetividad los hechos: no hay necesidad alguna de exponer a un niño, que precisamente por su inmadurez es incapaz de comprender el alcance de sus actos, los riesgos y, desde luego, la falta de justificación ética para torturar y matar reiteradamente.

Hace apenas unos días, un chico de 11 años de edad, impulsado por sus padres para dedicarse a torturar y dar muerte a pequeños becerros, cuyos cuernitos apenas se asoman por la testa, fue objeto de una ocurrencia familiar: sus padres querían que diera muerte en una sola tarde a seis becerritos para supuestamente romper un récord Guinness.

Un familiar del chico creó en un diario de Yucatán (entidad donde se llevaría a cabo el evento) un foro para que la gente opinara sobre ese acontecimiento, anunciando que se rompería el citado récord. La respuesta de la sociedad en el foro fue contundente: prácticamente todos los mensajes fueron de doble repudio al evento, pues además de considerar una aberración el enseñar a un niño a torturar y matar a pequeños animales, lo cual es una crueldad, no podían comprender que sus propios padres le impulsaran a realizar algo que podría dañarle sicológica y físicamente.

La denuncia social se hizo llegar a las autoridades y el ombudsman del estado de Yucatán emitió una recomendación a la Procuraduría de la Defensa del Menor para que ordenara la suspensión del evento por considerarlo violatorio de los derechos humanos del chico. Como consecuencia de la aceptación de dicha recomendación, el ayuntamiento de Mérida ordenó la cancelación, pero horas más tarde la resolución fue modificada y se permitió la matanza de los becerritos a manos del menor.

No obstante lo ocurrido, ahora existe un precedente para la reflexión de las autoridades sobre los derechos de los niños: ¿basta con que se cumpla con reglamentos anacrónicos para poner en riesgo emocional y físico a un niño, o bien deben prevalecer esos valores supralegales que son precisamente los derechos humanos sobre lagunas legales e ineficiencia burocrática? La vida, la salud o el adecuado desarrollo sicológico de los niños deberían ser lo primordial.

Poco después se publicó en la página oficial de World Record Guinness que la organización no estaba enterada del evento del niño matador, y que Guinness no premia ni al abuso ni al asesinato de animales.

El delito de corrupción de menores está tipificado en Yucatán; es interesante la coincidencia entre los hechos referidos y las previsiones del Código Penal.

Cabe preguntarnos qué especie de atavismo impide que los mexicanos tomemos decisiones firmes y rápidas para corregir lo que nos daña. En materia de corridas, por ejemplo, las numerosas encuestas y foros de debate han demostrado que por lo menos 70 % de la sociedad las rechaza, es decir, un candidato que promoviera la abolición de la crueldad a los animales tendría asegurada la simpatía de la mayoría de los mexicanos, además de que estaría considerando un elemento ignorado en nuestro país para evitar la violencia social, pero aun así se siguen permitiendo esos espectáculos.
El programa Toros y Toreros es otro caso a analizar, pues se mantiene al aire no obstante su bajísimo nivel de audiencia y las peticiones constantes que han hecho los televidentes, las asociaciones nacionales e internacionales y hasta los artistas, académicos e intelectuales (don Carlos Monsiváis uno de ellos), que sólo desean limpiar esa mácula que demerita a la programación de tan buen canal oficial.

Cuando no se tiene ética en el comportamiento hacia los no humanos, nos hacemos daño irremediablemente. Podemos mencionar los impactos ambientales de la cacería y de la ganadería o los daños a la salud del consumo de carne, especialmente la de los animales torturados, pero debería bastar con saber que los animales no humanos sienten y tienen necesidades igual que nosotros, para reflexionar y cambiar nuestra actitud. Una sociedad consciente, capaz de respetar a todo ser vivo, tiene una mucho mejor calidad de vida y eso incluye la paz, que cada día se aleja más de nuestro país.

El activismo por los derechos de los animales no tiene su origen en el capricho; no es un gusto personal ni una moda. Busca justicia elemental para los que no pueden reclamarla por sí mismos y mejores ejemplos de valores para los niños. Cuando enseñamos a los pequeños a ser considerados con los no humanos, necesariamente los convertimos en mejores personas, sensibles, reflexivas; les alejamos de la intolerancia, pues si se acostumbran a respetar a los diferentes de especie, más sencillo les resultará no discriminar a los de la propia.








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